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miércoles, 13 de diciembre de 2017

El amor tiene muchas formas.

Esta historia precisa de presentación por dos motivos. El primero, porque es una colaboración y normalmente me gusta hacer una pequeña introducción antes de la misma, contar quien está detrás. En este caso es mi hermana pequeña Lucía, que con 14 años escribió esta historia (mucho menos pulida, pero la idea original salió de su propia cabecita), para un concurso sobre relatos a través del colegio.

El segundo motivo, enlaza con el primero. Estoy muy orgullosa por su valentía. No ganó aquel certamen, pero se atrevió con esta historia que estoy segura que pocos con su edad son capaces de abordar (incluso muchos adultos), sobre dos chicos jóvenes que son amigos y acaban enamorándose pese a la oposición de su entorno.

Finalmente, decidimos cambiar el estilo y modificar algunas cosas referentes a nombres y el final. Ella lo terminaba mucho más oscuro y desalentador, pero me tomé la licencia de darle algo de esperanza y luz, porque me gustaría que aquellos que lean el relato y se sientan identificados de una u otra forma, luchen. El amor es siempre amor.

Esperamos que os guste.


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¿Qué había sucedido? Miguel no estaba seguro, por eso instintivamente hizo un meditado repaso a todo lo que había vivido en aquel intenso mes de Agosto.

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Feliz, así es como se sentía mientras dejaba tranquilamente su bicicleta amarilla en la entrada de la casa de su mejor amigo. No hizo falta tocar al timbre para que alguien le abriese, porque como si estuviera esperándolo, Luis apareció tras la puerta con su característica sonrisa tontorrona cincelada en el rostro. Se abrazaron, haciendo que su gran diferencia de altura se notara aún más, obligando a Luis con su metro noventa a agacharse para que el gesto fuera más cómodo.

Instantáneamente y de la nada, apareció su insoportable hermano mayor Fernando, atravesando ese abrazo entre los dos amigos, pasándole el brazo por el cuello a Miguel mientras le revolvía juguetonamente el pelo y le arrastraba hacia el salón, donde descansaban dos cigarrillos sin encender en la mesita de café.

Algo desorientado, se sentó en uno de los sillones y clavó su vista en el tabaco. Él no fumaba.

- ¿Quieres? - le ofreció Fer a Miguel tendiéndole uno, pero él lo rechazó efusivamente con la cabeza -. Tú te lo pierdes.

Ambos hermanos posaron sus respectivos pitillos sobre sus rosados labios y los encendieron.

- Los labios de Luis - pensó Miguel como en una ensoñación.

Aun se preguntaba como llegó a pensar aquello, a sentir un cosquilleo repentino que le hizo desear tocar sus labios. Pero en seguida se reprendió. ¿Cómo iba a enamorarse de su amigo?, ¿sería posible viviendo en un mundo tan tradicional y homófobo?

Miguel pensaba en aquel momento que realmente no se estaba enamorando de su amigo. Tenía diecisiete años y creía que probablemente era un repentino deseo pasajero, fruto de las hormonas.

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Otro recuerdo le sorprendió en su repaso mental de los hechos.

Llevaba algunos días observando a Luis sin quitarle ojo y sintiendo un cosquilleo incómodo en el estómago. Aquella tarde se encontraban los dos solos en la habitación de Luis, cambiándose de ropa para bajar a la piscina. Miguel se encontró delante del espejo viendo como el otro se quitaba la camiseta, y como los músculos de la espalda resaltaban como en una escultura de Miguel Ángel. Su nerviosismo hizo que bajara la vista hacia sus manos y se maldijera mentalmente, haciendo un esfuerzo sobrehumano por relajarse.

Cogió el bañador de su bolsa color marino y como si intuyera su mirada, giró la cabeza al tiempo que él le miraba y le dedicaba una sonrisa de oreja a oreja.

Ellos solos llenaron la piscina de juegos y sonrisas cómplices. La tranquilidad no duró mucho, porque Fer vino corriendo haciendo una bomba en el agua, eliminando así cualquier resquicio de complicidad.

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Otro día nublado de bochornoso calor húmedo, en aquel agosto de sus vidas.

Se encontraban de nuevo solos en la habitación. Luis intentaba ponerle un poco de delineador en los ojos. Miguel se quedó hipnotizado mirándole fijamente. Duró poco el ensimismamiento.

- Ya estás listo -le sonrió.

Se olvidaron de aquel momento como de muchos otros.

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¿Realmente podrían estar juntos? La respuesta era no, un rotundo no. O eso creía.

Sospechaba que Fer no era ajeno a lo que ellos estaban experimentando. Las miradas que se echaban fugazmente cuando tenían la menor oportunidad, diciéndose "te quiero" sin necesidad de palabras, no pasaban ya desapercibidas por su entorno.

Miguel iba pensando en todo y nada, mientras pasaba las manos por las paredes llenas de cuadros comprados en casas de subastas de las que no conocía el nombre, en dirección al jardín trasero.

Atrás dejó dormido a un Fernando borracho y trasnochado, y abriendo la puerta corredera se sentó en el borde de la piscina. Al instante Luis posó la cabeza en su hombro en un gesto tan natural como respirar. Ambos sabían lo que les esperaba, pero estaban decididos a destruirse el uno al otro si eso les traía una explosión de felicidad.

Levantaron las cabezas para mirarse, se conocían lo suficiente como para saber qué vendría a continuación, pero Fer fue más rápido (viendo lo que pasaba detrás del cristal que los separaba), y se lanzó hacia Miguel para cogerle del cabello y pegarle con todas sus fuerzas en la cara. Luis no sabía lo que pasaba a su alrededor. Cuando al fin reaccionó y antes del golpe decisivo, se tiró encima de su hermano, deteniendo así una mano cerrada en el aire. Se lanzó contra él golpeándolo con frenesí. Miguel logró detenerlo, una vez que hubo recuperado la conciencia.

- ¡Lu! - lo cogió por la cintura e intentó arrastrarlo lejos del cuerpo tumbado de su hermano. No podía.- ¡Luis! - gritó fuera de sí, para que este saliera del trance de ira en el que se hallaba inmerso. 

- Fer, Fernando, intentaba matarte -logró contestar entre llantos desconsolados. Estaban a cuatro metros de distancia del cuerpo semiinconsciente. 

Ni siquiera intentó responderle, le dió un beso que encerraba una promesa de amor y la clara intención de calmarlo. Luis no se lo esperaba, pero correspondió al primer beso de ambos.

Sabían perfectamente que nunca podrían ser una pareja estable, no en aquel mundo donde dos personas del mismo sexo que se amaban eran juzgadas e incluso criminalizadas.

- Vete a casa y... y mañana nos veremos... -dijo limpiándose las últimas gotas de agua salada que le quedaban en los ojos -. Por favor, espérame.

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Respiraba y sentía por inercia desde que había salido de aquella casa, soportaba una quemazón en el pecho constante, un gran peso en el corazón. Quería volver a besarlo, aquí y ahora y todos los días de su vida, sin importar ser juzgado. Sólo amor. Porque sabía que ahora que Luis se había metido en cada poro de su ser, nunca podría salir. Y aun no le había dicho 'te quiero'. No esperaría a mañana.


Texto: Lucía Capel Gil
Eva Capel Gil


Fuente aquí.


P.D.: Los que me conocéis sabéis que no soy mucho de Santoral pero, ¡feliz Santa Lucía!

lunes, 13 de marzo de 2017

Un viaje a Corea (del Sur). Por la Señorita T.

Señoras y caballeros, humanos todos, esta semana tengo el inmenso placer de traeros una colaboración muy especial con la Señorita T. Nos viene a deleitar con el relato de su viaje a tierras asiáticas, más concretamente a Corea del Sur, no nos confundamos con su Norte; y con unas instantáneas que os dejarán tan impresionados como ansiosos por seguir sus pasos y vivir similares aventuras.

Con todos ustedes: Un viaje a Corea (del Sur). Por la Señorita T.

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    En esta entrada, tan especial para mí y llena de recuerdos, me encantaría hablaros de un viaje que hice hace unos meses y que llevaba tantos años anhelando: Corea del Sur. Aclarar que esta entrada no tiene nada que ver con una guía de viaje ni consejos sobre rutas, simplemente quería plasmar mi experiencia en este país. Para más información de viajes y sobre la cultura de Corea tenéis la página oficial de VisitKorea, y blogs muy bien hecho de personas que viven allí y explican a la perfección su experiencia y su día a día como Paella de Kimchi, Eurowon y Dave. Y si sois unos frikis del Kpop (música pop de Corea del Sur) tenéis el blog de Si es Destino.




    Después de mucho ahorrar, ponerme los dientes largos en innumerables ocasiones con fotografías de conocidos que habían viajado a Corea del Sur, después de mucho trabajo y lágrimas, conseguí obtener el dinero suficiente para embarcarme en esta pequeña gran aventura. Además, tuve la gran suerte de que una amiga estaba estudiando con una Erasmus allí y aproveché la visita para verla; un dos en uno. La emoción del momento en que compré los billetes de avión y reservé el alojamiento fue una minucia a los nervios previos al día en que debía iniciar mi viaje (creo que más de uno en mi entorno me quiso matar con la ‘lata’ que di). Elegí ir en Octubre, fecha ideal para viajar a este país ya que es otoño y pillaría un tiempo perfecto para hacer turismo. La elección no era casual, en Corea las temperaturas son extremas tanto en verano como en invierno hasta el punto de tener los famosos tifones o nevar en respectivas estaciones. Por lo que las mejores épocas para viajar son primavera u otoño.

   Y finalmente llegó el día.




   El vuelo fue largo y a veces un tanto pesado, ya que es ir a la otra punto del mundo, no en vano son casi 24 horas viajando. A la ida cogí el primer avión de Málaga hasta Amsterdam, 7 horas de espera en el aeropuerto de Ámsterdam-Schiphol, me dieron tiempo más que suficiente para recorrerme el lugar de punta a punta, ver tiendas, descansar en algún sillón y hasta un café en el Starbucks. Después de toda esa espera, vuelta a volar hasta Seúl (capital de Corea del Sur) durante 10 horas. Aquel tramo de vuelo se me hizo demasiado tedioso, pero intenté pasarlo medianamente ameno entre las miles de películas que tienes para elegir en la pantallita del asiento y el centenar de veces que te dan de comer. Cuando finalmente llegué, era mediodía (teniendo en cuenta que había salido de España por la mañana) y llevaba encima un buen jet lag, por lo que intenté aguantar despierta hasta la noche.

   Mi primera impresión al tocar suelo coreano fue la inmensidad de aquel lugar. La capital impresiona con todo a escala mil veces mayor que en la pequeña ciudad costera donde me he criado, así como la diversidad de gente que te encuentras por el camino. Aunque tengo que reconocer que pocos occidentales se ven por la calle, de ahí que los coreanos (o asiáticos en general) se te queden mirando como si fueras un bicho raro por la calle; al principio me sentí observada pero poco a poco me fui acostumbrando.




    Me hospedé en la zona de la universidad Konkuk, en un goshiwon (una diminuta habitación que incluye cama, escritorio, armario y tres paredes más pequeñas aún, de cristal donde se encuentra el baño, por lo que la cocina y el resto de zonas son comunes); en el cual los caseros fueron muy agradables y solícitos, por lo que a mi llegada me intentaron explicar todo lo necesario echando mano a un chapucero inglés-coreano. Mi habitación (goshiwon) se encontraba en una planta de un edificio que tenía más habitaciones como la mía, por lo que no estaba sola. Dato curioso, y que me explicaron después, es que si te encuentras a alguien en tu hospedaje no está muy bien visto saludar, por lo que directamente pasas por el lado de alguien y pasas como si no existiera. Y aunque en los quince días que estuve allí tampoco me encontré a mucha gente por los pasillos, esto se me hizo muy difícil seguir porque en España, aunque no conozcas a la persona, es de buena educación saludar.




   A lo largo de esos quince días visité muchos sitios: Myeongdong, Insadong, Itaewon, Dongdaemun, Bukchon, Namsan, Namdemun, Gangnam, Hongdae… Aunque cada uno de estos lugares tiene un encanto especial, con una magia que te atrapa y te cautiva, mi favorito por encima de todos fue “Gyeongbokgung Palace (경복궁)”.














   Gyeongbokgung es un palacio localizado en la plaza de Gwanghwamun, donde se encuentra la estatua del rey Sejong el Grande (considerado el inventor de la escritura hangul, alfabeto nativo de Corea). Me impresionó la magnitud de este palacio, el colorido, la decoración y lo bien que se sigue conservando después de seiscientos años de historia. Aunque está situado en medio de rascacielos y el bullicio de la ciudad, dentro de sus jardines se respira tranquilidad y silencio; escuchas el cantar de los pajarillos y a la gente que solamente pasea por allí admirando la inmensidad de esta construcción antigua.


   En una parte del palacio se encuentra el museo en el que el visitante puede descubrir la vida, las costumbres e incluso la escritura de antaño. Toda una riqueza de colorido e historia para los ojos. Me encantó, fue una de mis visitas favoritas y la repetiría una y otra vez si volviera a Corea.

   Luego tenemos Itaewon, el barrio internacional de Seúl. Es decir, tú vas por la calle y ves las típicas afroamericanas con más “swag” del que has podido ver en tu vida, lo cual contrasta de manera bárbara con la inocencia y delicadeza que transmiten los coreanos. A cada paso te puedes encontrar tanto un restaurante mexicano, como americano o incluso francés. En las calles reinaban banderitas de todos los países, una pena no encontrar la española.






    Por otro lado, está Myeongdong, una zona demasiado concurrida y en la que me agobié demasiado a causa de toda la gente que tenía que ir esquivando a cada segundo. Es la zona  céntrica de tiendas, tanto de cosmética (en Corea levantabas una piedra y aparecían millones de tiendas de este temática), como de ropa. Una locura para todo fanático de las compras. Lo más destacable fue ver que cada escaparate o puerta estaba poblada de publicidad de ídolos coreanos. Una auténtica invasión, no se sabe hacia dónde mirar ni con cuál hacerte fotos antes (sí, en esa parte del tour mi lado friki salió a flote y no pude parar de hacerme fotos con los idols de cartón a tamaño real que había por la calle).








    Otro punto de esta ciudad que me llamó mucho la atención fue la llamada “la feria interminable” que hay por sus calles las 24 horas del día. Es decir, por el día siempre hay gente que va y viene, e intentas no chocarte con nadie porque es imposible andar con tranquilidad por las avenidas principales o callejuelas llenas de tiendas o bares. Pero la sorpresa llega cuando el sol se oculta y la noche se hace reina de la urbe. Todo lleno de luces y música diferente cada dos pasos (obviamente el 99% de la misma era coreana), ante lo cual no puedes evitar quedarte embobado con toda aquella fiesta. Me recordaba a la feria en Almería, cuando vas de atracción en atracción, maravillada por su grandeza y colorido (de ahí que a aquello lo llamaran la feria interminable, porque era así todos los días, sin descanso).







   Otra característica típica de este mágico lugar son las “ahjummas”: señoras mayores que en verano se ponen unas monumentales viseras que abarcan sombra para todo el que pase por su lado, por delante y por detrás. A estas señoras se les tiene mucho respeto, no en vano, si no les haces caso te pueden decir en pocas palabras lo maleducado que eres (gracias a Dios, no tuve ninguna mala experiencia con alguna). Muchas veces te las encuentras trabajando como dependientes en tiendecitas de barrio, más pequeñas que el baño que tenía mi goshiwon, y aunque no entendieran ni inglés ni español te atendían con gran seriedad por ser extranjero, pero educadamente tenías que darles las gracias cuando te atendían (“감사합니다”, pronunciación “kahm-sa-ham-nee-da”. Lo que viene siendo “muchas gracias”. Me grabé a fuego esa palabra).






    Por último, mi gran impresión (y lo que a día de hoy echo más de menos) fue la comida coreana. Mucha gente me había dicho que la comida de allí no era para tanto o que estaba malísima y un largo etcétera de opiniones varias y negativas. Pero me llevé una grata sorpresa al degustar su gastronomía. El único problema al que me enfrenté fue que todo lleva picante y cuando digo todo, es todo; hasta cuando decías que no le echaran picante siempre llevaba algo de cortesía. Pero en general, me encantó.

   Destacar la “barbacoa coreana”. Esta es igual a la barbacoa que todos conocemos, con la gran diferencia de que se hace en interior sobre una mesa especial para cocinar sobre ella. La carne dependiendo del sitio, puedes pedir la que quieras o elegir de una carta. Lo más común es tomar cerdo, a la cual echan especies y está muy rica a la brasa. La característica especial de la comida coreana son los miles de platillos que acompañan siempre al plato principal como: kimchi (lo más picante que he probado en mi vida), brotes de soja, arroz (siempre, siempre, siempre, nunca falla sobre la mesa), salsas, pepino amarillo, alguna sopa…





   Otros platos que me gustaron mucho y espero volver a comer fueron el Kibamp, Bibimbap (recuerdo que lo probé en un restaurante de una ahjumma en la Corea profunda, delicioso) y pollo frito acompañado de cerveza. Dato curioso es que cuando vas a comer a un restaurante, el agua es totalmente gratis y siempre puedes pedir todo lo que quieras. Un punto a favor.











    En definitiva, un viaje que volveré a repetir en un futuro. Porque aunque me faltaron mucho lugares por visitar, tanto su cultura (tan diferente a la nuestra), como la diversidad de lugares por visitar tan típicos de Asia, me enamoraron por completo y no me decepcionaron. Es un viaje que recomiendo muchísimo si os gusta conocer sitios nuevos y diferentes. Siempre viene bien dar un nuevo aire a nuestra forma de ver las cosas.


Anécdota final: A día de hoy le sigo dando gracias al hombre que me acompañó desde Seoul Station hasta casi el aeropuerto. Creo que me vió un poco perdida, con tanta maleta y mi cara de extranjera. Me ayudó a llevar las maletas, fue preguntando a todo el mundo en coreano como llegar a Incheon (aeropuerto internacional de Seúl) y traduciéndome en inglés. Se sorprendió bastante cuando le dije que era española y estaba de vacaciones, poco español se ha perdido por allí.


Tamara Capel, alias Señorita T.


viernes, 6 de febrero de 2015

Ciudad del Pecado.




Relato de Fox, de La Caverna de Fox. 
Gracias por dejarme publicarlo.
Nota: recomendamos que antes de su lectura, le den a "play" en el reproductor. Les supondrá una experiencia sensitiva más completa.


Chigado, Illinois -Estados Unidos-

Sábado, 05:00 am

Como cada día el maldito despertador hizo su trabajo, aunque para mí fue como si me estuvieran dando golpes en la cabeza con un martillo. Había sido una noche dura, de eso no cabía la menor duda, el olor agridulce de la habitación me dio la primera pista y la morena que estaba a mi lado fue la segunda y definitiva. Quise cerciorarme de hasta dónde se nos había ido de las manos el asunto y entonces fue cuando llegó la primera buena noticia del día: llevaba la ropa interior puesta. No tenía yo el cuerpo precisamente como para estar pendiente de otra chica de buena familia revoloteando a mi lado y pidiéndome insistentemente que conociésemos a sus padres. Se iría al despertar y ojalá fuera pronto pues se presentaba una jornada muy dura, como viene siendo habitual.

05:10 am

Como por instinto me incliné hacia la mesa de noche buscando a mi eterno compañero de viaje, el paquete de cigarrilos que tantas noches había sido fiel compañero, de esos que no fallan y que sabes que siempre están ahí, esperando a ser utilizado sin rechistar lo más mínimo. El intento fue en balde pues por más que lo busqué tanteando con la mano no logré encontrar su familiar contorno. Debí gastar el último ayer, quizá por eso mi boca la notaba áspera y seca, debí dar rienda suelta a mis deseos más banales. Me había vuelto a pasar, aunque seguramente no sería la última pues cada noche se repetía el mismo patrón. De repente algo excitó sobremanera mis pituitarias en una orgía de aromas que me resultaba vagamente familiar. En primera instancia no pude distinguir la procedencia pero el origen tenía que estar cerca, muy cerca, pues la fragancia me embriagaba cada vez más hasta hacerse un tanto insoportable. Quizá fuese la botella de Jack Daniel's la causante del perfume o tal vez fuera la de Southern Confort quizá; los matices cítricos que castigaban mis sentidos desde abajo hasta arriba así me lo hacían suponer. Demasiadas cosas para solamente 10 minutos de lucidez.

05:15 am

A punto de volverme loco sentí un leve movimiento bajo las sábanas; era la morena de anoche que despertaba del sueño placido que sin duda le había provocado la simple y mera posibilidad de experimentar con un hombre de mis características. No fue así y por ello daba gracias. Quizá mi instinto había tomado el mando la noche anterior.

Se la notaba feliz, como esa chiquilla a la que le regalas un caramelo, el más grande y jugoso de todos los que ha probado alguna vez, no obstante no podía dejarme llevar por la ternura, la cual alguna vez me había dejado claro que normalmente no deja buenos réditos. El caso es que sus grandes ojos marrones se posaron sobre los míos, escudriñando cada una de las aristas, contornos y pequeñas líneas de expresión que sin duda la habían fascinado la noche anterior. El momento aunque breve se tornó eterno para alguien como yo, el cual no concebía relación sentimental superior a las dos horas. Dos horas en la vida de alguien que se balancea a diario entre la vida y la muerte es más de lo que puede permitirse, por eso aun sin saberlo, mi compañera ocasional podía considerarse afortunada por gozar de mi presencia más de lo que cualquier mujer lo había hecho hasta ahora. Se mostraba feliz, muy feliz, de eso no cabía la menor duda.

05:19 am

Era el momento de deshacerme de ella, tenía que poner fin a esta incómoda situación por lo que, cuando comenzó a emitir el sonido que luego modularía con sus exuberantes labios, puse mi mano en su boca en una señal inequívoca de que... ¡¡¡¡¡¡¡¡ zaaaaaaaaasssssssss !!!!!!!!!!!  ". Recibí el impacto de lleno en el ojo izquierdo ya que, al intentar esquivarlo, me agaché todo lo que me permitio la incómoda postura que presentaba en ese momento. No se lo podia recriminar en absoluto, seguramente pudo vislumbrar por mi serio e impenetrable semblante que esa sería la primera y única vez que gozaría de mi presencia. Lo mejor que podia hacer era encajar el golpe como un hombre que se supone es lo que corresponde en estos casos.


San Sebastián de los Reyes, Madrid -España-

Viernes, 06:00 pm (18:00 h.)

Mi marido se piensa que soy boba pero a mí no me la da con queso. Si no de qué iba a prestarse voluntario para ir a buscar leche para el desayuno de mañana... ya sería la primera vez... En fin, que se divierta un poco con el Matías que hace una hora llamó al portero automático preguntando por él fingiendo ser el que le hizo el seguro del coche y que lo llamaba porque ya le tocaba renovar. El seguro lo pasaron por la cuenta hace poco menos de 10 días... Así me deja tranquila un ratito que no ha hecho más que meterme mano por debajo de la bata para pillar cacho. No le queda nada...

09:00 pm

No me importa que se divierta pero al menos que me diga si va a venir a cenar o no. Como no es la primera ni será la última vez el niño y yo ya hemos empezado y si llega a tiempo pues bien, si no que se coma un par de naranjas porque yo no hago cena a las tantas para nadie. Ahora eso sí, mañana ha quedado en ir a pescar con el niño y por mis muertos que va, aunque lo tenga que sacar de la cama a rastras.

11:45 pm

Vamos, ¡¡¡ que se lo estará pasando en grande !!! La mujer del Matias ya me ha llamado dos veces !!!! Pobre, esta si que es boba...!!! De lo que se preocupa es de que esté liada con otra... Yo le he dicho que no lo creo, que hay más de una razón para que Matias no esté con ninguna otra... (bueno, exactamente 153 razones, que son los kilos que pesa el gachón). Parece ser que se ha quedado más tranquila y ya no me va a llamar más....hoy.

Sábado 03:38 am

¡ Ahí llega el torero ! Ole, ole y ole !!!! Lo conozco por los golpes que va dando con la cabeza por el pasillo. El día menos pensado pongo gotelé para que lo disfrute. Me voy a hacer la dormida a ver si me deja en paz que no tengo el chocho para historias.

03:46 am

Se ha comido las dos naranjas, de eso no cabe la menor duda porque asoma por la puerta y huele que tira de espaldas, aunque no sé si lo que huele fuerte son las naranjas (que parece que se las ha comido por todos los sitios menos por la boca), el anisete del bar del Isicio o el pestazo a choto de haber sudado todo el día. Matilde cálmate y hazte la dormida, mañana cambias las sábanas (o las incineras) y listo.

03:50 am

Después de dos intentos fallidos de atinar con el centro del wáter parece que por fin el pis cae dentro (!aleluya!) No se limpia las manos, se mete en la cama con la ropa puesta y lo primero que hace es intentar meterme mano. Las bragas de noche me salvan la vida ya que no atina siquiera a encontrar un hueco por donde meter la mano. Cansado del esfuerzo (me parto) y en un ataque de sentido común, tantea la mesa de noche para coger el protector bucal, no sin antes tirar la foto de la boda, el libro de chistes de Arévalo y los calcetines que se quitó ayer que, por supuesto, no puso en el cesto de la ropa sucia. A pesar de las adversidades lo encuentra y se lo pone en la boca, pero se lo pone mal y se le queda encajado entre el paladar y los dientes de abajo. No puede cerrarla y finalmente se queda dormido con la boca abierta, no sin antes tirarse un enorme pedo, de esos que suenan como líquido (y cuando el río suena...) y que empieza a subir bajo las sábanas desde abajo hasta arriba como si fuera un tsunami pero seco (bueno, seco en la desembocadura, que no en el nacimiento). Casi me desmayo pues, como me estaba descojonando de lo del protector bucal, me pilló a mí también con la boca abierta y al final compartimos el pedo a pachas. Le pego un empujón de la rabia, se mueve y con el codo me da en toda la boca, la cual se me pone como la de la Angelina Jolie pero más barato. Hijoputa. Ya me lo dijo mi madre "Nena ¿no habrá otro mejor para ti que este que vende seguros de los muertos?" Nunca escuchamos lo suficiente a los padres.

05:00 am

Suena el despertador que me jode tanto a mí como a él pero lo deseaba con todas mis fuerzas para vengarme de la noche que me había dado. Como está inconsciente le empiezo a dar golpecitos en la cabeza, lo cual parece que funciona porque abre un ojo. Hubiera abierto los dos si no fuera por el legañón que le impedía hacerlo con el derecho.

Lo primero que hace es meter la cabeza bajo las sábanas pero el pestazo de la tormenta intestinal de hacía pocos minutos, cuyos estragos aún estaban patentes en el calzoncillo, hicieron que sacara la cabeza de inmediato. Dijo algo así como "aguaaa" (más bien era "aaaauuuaarrrgg") y se lanzó a la aventura de encontrar ese vasito de agua que siempre deja en la mesita de noche. Evidentemente no estaba.

05:19 am

Después de tirarse más de un cuarto de hora haciendo esfuerzos para levantarse se gira hacia mí y, cuando intento decirle que vaya espabilando que tiene que levantar al niño para ir de pesca, el tío me pone la mano en la boca, la cual todavía tenía hinchada por el golpe que me había dado fortuitamente y que precisamente era la misma con la que se había rascado el culo hacía poco menos de un minuto. Ya era suficiente, me dejé llevar por la ira y.....¡¡¡¡¡¡¡¡ zaaaaaaaaasssssssss !!!!!!!!!!! Le metí tal bofetón que casi se me sale la mano. Menos mal que lo medio esquivó que si no se lo come entero!!!

- "Y así fue doctor como me hice daño en la mano y el motivo por el cual mi labio está partido. Me daba vergüenza y por eso no he venido antes ¿lo entiende ahora?"

(El doctor se descojonaba de la risa)

- "¿No se suponía que los profesionales estaban muy por encima de estas cosas? Vaya una gracia !!!"

-      "Si no me río por usted... jajajajjaja. ¡¡ Es que ahora me cuadran muchas cosas de las que me contó un paciente muy extraño hace un par de días, el cual tenía un derrame en el ojo izquierdo!!"




jueves, 31 de octubre de 2013

La muerte entre las manos por Joaquín Zambrano González.


Joaquín Zambrano González
Licenciado en Historia del Arte

     Pepito era singular, pues tenía la tez blanca. Bajito, tímido y casi nunca se le había visto por el pueblo. Era nuevo en esta ciudad, a nadie le había contado que llevaba en sus pequeñas espaldas más de mil mudanzas. Se sentía cada vez más pequeño en este gran universo.  Pero esta vez, parecía que todo sería distinto. El sol brillaba con más fuerza, pues estaba a punto de comenzar la primavera. La explosión de tonalidades se hacía presente en los jardines de las casas aledañas. 

     Esa mañana, tomó su pequeña mochila se la colgó y fue directo a la cocina. Su padre tomaba el café, mientras sujetaba  el periódico. Su madre, tenia puesto el delantal de volantes que tan tiernamente había cosido su abuela, y estaba realizando las tostadas. Bajo la mirada, mientras punteaba con sus zapatos el suelo, se sintió nuevamente más pequeñito. Una leve voz salió de sus labios, y pronunció un adiós tan bajo, que pareció más un suspiro.

     Llegó al cole, se sentó en el mismo banco de madera de siempre. Colocó sus libros sobre su pupitre, sacó su bolígrafo y abrió su cuaderno. En la esquina superior empezó a hacer pequeños círculos concéntricos, a modo de greca. Mientras sus compañeros se iban acomodando poco a poco en sus asientos. A los cinco minutos la maestra, joven y hermosa entró en la clase. Ese día tocaba hablar de las partes de una flor, y cuál era su reproducción. Hecho que le encantaba a todos los niños, porque encontraban todos los campos llenos de flores tan coloridas y bonitas, además de cautivarlos con los olores.  Maite, la profesora, les dijo a sus alumnos que dentro de dos días saldrían al campo para poner en práctica todo lo que estaban aprendiendo en clase.

     Finalmente sonó el timbre, lo que daba paso al tiempo del descanso. Los niños y niñas salieron rápidamente al patio para jugar al balón, correr y pillarse entre ellos, etc. El se quedó sentado en su banco, Maite no se había percatado de su presencia en el aula. Cuando iba a salir, vio que alguien no había abandonado el aula, por eso se giró y le preguntó: ¿Pepito porque no sales al patio?. El siguió con la cabeza agachada y no musitó palabra alguna. Maite se quedó sorprendida, era la primera vez que le pasaba algo así. Se quedó bloqueada y no supo reaccionar. En ese momento por la puerta pasaba la profesora de la clase de al lado. Le llamó la atención y juntas salieron del aula.

     Aquella mañana parecía que todo se había acabado para Pepito, se sentía más triste de lo normal, ya no tenía ganas de elegir el camino que le llevaría a casa, de tomar la cera para colorear la imagen que le habían puesto delante del pupitre en plástica, ya no sentía el aire primaveral en sus mejillas. Pero en ese instante, se levantó, se dirigió hacia el patio, porque el olor de algo nuevo, fresco, dulce lo había atrapado. Abrió la puerta, vio como el sol brillaba fuertemente sobre los cabellos de aquellos niños y niñas, los columpios se mecían al compás de los cantos, risas, pataletas de muchos de ellos y ellas.

     Se dirigió casi sin rumbo marcado, cual silueta serpentosa hacia la sombra de aquel árbol grande, fresco y acogedor. No tenía frutos, a pesar de estar en primavera. Pero su imponente sombra parecían unos grandes brazos que acogían a todo aquel que buscara consuelo. Llegó hasta él, se sentó y posó su pequeña espalda en el tronco recto y marrón. Cerró los ojos, y inspiró con todas sus fuerzas, abrió al máximo sus sentidos para escuchar lo que la naturaleza de su alrededor le ofrecía. No se había percatado que al otro extremo de ese árbol, había una pequeña niña con el pelo suelto y falda larga sentada.

     Ella pequeña, sensible, atemorizada por la vida, se sentó aquel día bajo la sombra del árbol gigante. Se sentía segura, dejaba todo lo que había vivido en su vida a un lado, ahora era ella. Se sentía fuerte, como las raíces de aquel maravilloso árbol, ahora notaba la fuerza para seguir hacia adelante. Entonces es cuando se dio cuenta que a sus espalda estaba un chico. Parecía frágil, atemorizado. En ese momento, se aclaró su voz tímida, y con la seguridad de la sombra le habló.

     Cuantos años habían pasado desde aquel encuentro bajo la prominente sombra. Cuantos pasos había dado junto a aquel niño tímido, con ojos grandes. Cuantos cuentos de princesas habían vivido juntos, pero no llegaron nunca al final por miedo a que terminaran. Hoy, todo era  palabras cargadas de emoción la que sintió, sabía que había sido su peor error. La elección de que viera su compañero del alma, su pérdida, su derrota ante la vida. La culpa era suya por haberlo querido de más, ahora sentiría aún más dolor no físico sino el dolor del corazón. Como iba a contarle a su compañero de batallas aquel duro golpe de la vida, su enfermedad.

     Aunque estuvo varios días dándole vueltas en su mente sobre que realizar, eligió no decir nada y vivir el tiempo que le quedara junto a él. Viviendo todas las emociones posibles, viviendo la naturaleza como cuando tenían ocho años. Sintiéndose cómplice de un juego que había comenzado antes, y que ahora era difícil de parar. No quería verlo asustado, miedoso y que su preocupación llenara su vida de amargas lágrimas.

     Como cada tarde, cuando caía el sol tras la montaña, llegaba a casa con un precioso regalo; su sonrisa. Sabía que tras la puerta estaba una de las personas que más quería, su compañero. Aunque supusiera un gran esfuerzo mantener una sonrisa sincera, pues había sido un hábil aventurero y descifraba con facilidad cualquier misterio que se le ponía delante. Pero ese día no sería distinto, lo conseguiría una vez más. Así fue, abrió la puerta, sintió el calor del hogar, se descalzó y fue hacia la cocina. Allí de espaldas estaba el, a pesar de su aspecto desaliñado (barba de unos tres días, pelo semi largo que le caiga grácilmente sobre la cara, camisa de cuadros abierta y debajo una camiseta de color liso, tipo serrados americano), se encontraba cocinando. Pues ella no había caído, pero hacia unos veinticuatro años que se habían visto por primera vez.

     Levantó la mirada, la vio con ese vestido tan colorido que tanto le gustaba, la sonrisa puesta y los ojos marrones tan expresivos. No dijo nada, dejo la cuchara de madera sobre la encimera de la cocina y fue hacia ella tan lentamente que pareció pasar años. Pero una vez que llegó a ponerse frente a ella, suspiro y le dio el más dulce de los besos. Así selló la promesa que se habían realizado hace unos años atrás, donde se juraron cuidar el uno del otro en nombre del amor eterno. 

    Aquella noche sus cuerpos esbeltos, esculpidos por dioses se retorcían lodo, en piel unida en una, sus pieles rosadas se estremecían, chocaban y hacían titilar las campanas de la libertad. Todo en aquella habitación  tornaba en actos desenfrenados, experiencias místicas y colores por todos los rincones. Nunca hubo mayor complicidad, pues era el acto más puro y humano. Dejaba de ser un fenómeno sexual para convertirse en el acto de compartir lo más sagrado y puro; sus propias esencias.

   Aquella noche la lluvia golpeaba el cristal débil, pues era la caricia del agua a la naturaleza. Ella cerró nuevamente los ojos, imaginando las acciones que llevaba el mundo a cabo en ese preciso momento. Como una señora salía corriendo por la calle para no mojarse el peinado, como los niños en algún lugar saltaban sobre los charcos, los amantes indiscretos reían bajo la lluvia terminando en un gran abrazo y beso fundidos. De esa manera cerraba los ojos, cayendo en manos de Tánatos, el genio del sueño. No sabía cuánto tiempo aguantaría mas, pero estaba claro que no desperdiciaba ningún minuto de su vida.

     La vi partir, sus ojos se cerraron lentamente. Y su grito interno se hizo cada vez más profundo, su alma desgarrada lo hacía presente. No sabía si le había mostrado el amor todas las mañanas en los que se habían levantado, no sabía si ella se había llevado lo mejor. Las noches en que solamente le reconfortaba su voz, ya no sabía nada. Volvía a ese vacío y silencio. A partir de ahora, de esta ausencia, no sabía cuál sería su camino. Ahora, ahora…. Ahora había descubierto el amor. 

     Su compañera del alma, se había marchitado poco a poco. Ya no volvería a tomarle la mano, a despertase junto a él cada mañana, a saborear los tragos amargos del café, a reír cuando veían a la vecina pasear con su rebaño de cerditos rosas.  Pero no era el momento de marchitarse, ella nunca lo hubiera hecho. Por eso, decidió engalanarla con aquel precioso vestido floreado, que le hacia una gran figura, le puso su mejor sombrero. A pesar de sus facciones estaban consumidas por el tiempo, la vio tan maravillosa como el primer día. Sonrió, notó el brillo del sol calentando todos los músculos, desplegaba una sensación de magia en cada uno de los rincones de su cuerpo.  

     Después de besarle en la mejilla, la lagrima se derramó suavemente por mi cara, un suspiro de ausencia y adiós, fueron las palabras de mi labios mordidos por el tiempo lo que sonó: Te voy a recordar así, tal como eres, inolvidable como es tu mirar. Siempre viva en mi… desde este mundo te diré te quise, quiero y siempre querré…

     Ahora tocó su turno, prepararse para su compañera, para cerrar los ojos y volver a imaginarla como aquel día bajo la sombra del árbol majestuoso. Se colocó la corbata negra, se meció el mechón de pelo que le caía, y se ajustó la chaqueta. Estaba preparado, para volver a aquel lugar que en un día futuro los volvería a unir. Cogió su pequeño bolso, se lo colgó y cerró el apartamento con los miles de recuerdos que había dentro. Tomó el coche dirección a su antiguo colegio, dirección a aquella sombra majestuosa, bajo aquel dosel de ramas que brotaban con fuerza símbolo de la llegada del verano.  Se puso delante de él, y mientras echaba su mente en blanco tratando de recordar todos los acontecimientos vividos en aquel lugar y momento, no se dio cuenta que bajo la hierba nacía delicadamente una margarita.

     Volvió en sí, convencido de que era un persona completa y totalmente nueva gracias a aquella pequeña chiquilla. Se dirigió hacia el cementerio, buscando un hueco en el que unirse de nuevo a su amada. Allí lo encontró el frío mármol que cubría a la que había sido la esperanza de su vida. Pero tras pasar los dedos por la inscripción, el suave beso de amor encerrado entre aquellas laderas de tierra, el dulce guiño de su compañera del alma se hizo presente. Volvió la lágrima a su mejilla mientras recorría con sus ojos la lápida, donde rezaba la siguiente frase: A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd…


sábado, 14 de septiembre de 2013

Ir al psicólogo: ¿qué se hace en psicoterapia?

Lorena Fuentes
Lda. Psicología - Col nº 18298
      Cuando una persona se plantea ir a un psicólogo por primera vez, son muchas las dudas que surgen antes de tomar la decisión. Desde mi experiencia profesional me encuentro con que,  aunque cada vez tenemos a nuestro alcance más información sobre la psicología y la psicoterapia (Internet, programas de televisión/radio, libros, etc. ) aún son muchos los mitos y falsas creencias que envuelven nuestra profesión. En este artículo encontrarás información útil sobre en qué se basa nuestra profesión, cuándo es necesario acudir a un psicólogo o psicóloga y en qué consiste una terapia psicológica.

¿Necesito un/a psicólogo/a?
     Al formular esta pregunta aún hay algunas personas que responden “No, yo no estoy loco/a“. Nuestra función como profesionales de la psicología es ayudar a las personas a dar solución a los problemas que están causando malestar emocional y reduciendo su calidad de vida, independientemente de su salud mental. Desde mi perspectiva de trabajo, no trato patologías o trastornos mentales, trato personas que por una razón u otra están sufriendo y quieren dar un cambio a su vida para vivir mejor.
     También suele ser frecuente escuchar afirmaciones como “Yo no creo en la psicología”. La psicología no es una orientación de pensamiento dogmática, tiene base científica y como psicólogos somos expertos en el trabajo y análisis de las emociones, las ideas (pensamientos/creencias) y la conducta humana. Esto nos permite diseñar la estrategia más adecuada para favorecer el cambio hacia la dirección que la persona desee. Aunque, no sólo con nuestro trabajo tiene la intervención efecto, es fundamental que la persona que viene a terapia esté implicada en el tratamiento y motivada y decidida a iniciar el cambio.

¿Cuándo acudir a un/a psicólgo/a?
     El indicador más fiable para decidir si acudir o no a un/a psicólogo/a es tu propio bienestar. Son muchas las dificultades que nos podemos encontrar a lo largo de la vida y que requieren hacer uso de nuestros recursos y habilidades para poder darle solución. Sin embargo, cuando notas que algunas de estas situaciones te sobrepasan, cuando las soluciones que has probado no han funcionado y el problema persiste o aumenta, cuando tu día a día se ve dañado por el problema y te impide llevar la vida con normalidad, entonces es muy recomendable visitar a un profesional.  
     Es importante señalar que no existe una lista de problemas que deban ser tratados por un/a psicólogo/a,  es la manera en la que la situación se convierte para ti en un problema y tu decisión y motivación en querer cambiarlo con guía y apoyo profesional.
     Hay veces que nace la duda sobre si se está lo suficientemente mal como para necesitar ayuda psicológica, como he explicado anteriormente, establecer el límite de la durabilidad y del grado del malestar depende directamente de ti.  
     Es posible que antes de decidir si acudir a terapia te preguntes “si antes he podido superar otras cosas, ¿por qué esta no?” y/o “otras personas han pasado por esto y han salido adelante ¿qué me está pasando a mí?”  Ante la primera cuestión, cabe decir que lo único constante en esta vida es el cambio y cada situación o momento por semejante que parezca, nunca será igual porque nosotros, debido nuestras vivencias y al crecimiento personal de cada uno seguimos en constante cambio y evolución. Cada situación es diferente y aplicamos nuestro recursos lo mejor que podemos, aunque a veces es la manera de solucionarnos lo que hace que el problema se mantenga.
     En cuanto a la segunda pregunta, cada persona es distinta y la manera que se tiene de afrontar las cosas también, pues están influidas por nuestras experiencias anteriores, creencias y pensamientos. La adaptabilidad de cada persona a las situaciones adversas son distintas y cómo la situación se convierte en un problema para cada uno/a también. Pongamos un ejemplo, todos sabemos lo que es el dolor físico pero no todos lo vivimos igual, cada persona tiene un nivel de sensibilidad distinto, y por lo tanto el nivel de percepción en que algún estímulo se convierte en doloroso y el aguante ante el dolor también es subjetivo. Con las situaciones pasa igual: ante una situación semejante una persona la puede vivir como un problema y otra no y el malestar emocional y aguante ante eso también es distinto.
     Cuando una persona por sí sola no logra poner fin a sus problemas, pedir ayuda para superarlo es esencial. Se puede caer en el pensamiento de “tengo que superarlo por mí mismo/a” y/o “nadie me puede ayudar”, pero ser capaz de pedir ayuda es una habilidad social básica y adaptativa. Cargarse con la responsabilidad extrema de tener que hacerlo todo uno/a mismo/a suele conllevar que la mochila de problemas sea tan pesada que no se logre dar ni un paso hacia adelante.
     También es común escuchar que “el mejor psicólogo es tu mejor amigo”. Aunque recibir el apoyo de las personas de tu entorno es fundamental e incluso puede ser de gran ayuda para empezar un proceso terapéutico, es muy distinta la ayuda que puede ofrecer un/a amigo/a o familiar a la ayuda profesional. Los profesionales de la psicología estamos entrenados en el análisis del problema y la formulación de la solución a partir de las características individuales de cada persona, ofreciendo una intervención específica y adaptada a cada persona.

¿Qué se hace en terapia? ¿Se arregla todo hablando?
     Es evidente que nuestra herramienta principal de trabajo es la palabra. Para poder analizar el problema que trae cada persona es necesario investigar lo que le ocurre a través del diálogo, pero esto no significa que sólo hablándolo se solucionen los problemas, aunque a menudo verbalizar las inquietudes cause desahogo.
     Desde mi manera de entender y trabajar la psicoterapia también es necesario utilizar técnicas específicas y la prescripción de tareas con tal de poder generar el cambio hacia la dirección deseada por la persona. El trabajo en una terapia psicológica no se limita sólo a lo que ocurre en las sesiones, la intervención es un continuum que se extiende también fuera de la consulta.
     Es posible que alguien pueda pensar que solamente viniendo a terapia sus problemas puedan quedar resueltos, pero realmente no es así. Un proceso terapéutico requiere de un gran esfuerzo y compromiso por parte del cliente. Si la persona no está motivada ni implicada en la terapia lo suficiente como para empezar a introducir cambios sobre esa situación que causa malestar, por muy adecuada que sea la intervención del profesional, ésta será infructífera. El papel del terapeuta consiste en dar la guía y el apoyo necesario para acompañar a la persona en el proceso de cambio, ayudándole a utilizar sus propios recursos eficazmente y brindándole las herramientas necesarias para conseguirlo y mantenerlo. Metafóricamente, el terapeuta es quien da las herramientas para poder avanzar, pero es el cliente quien debe labrar la tierra y dedicar su tiempo y esfuerzo para poder recoger el fruto.
     En cuanto a la durabilidad de la terapia y número de sesiones, cabe decir que cada proceso terapéutico está adaptado al ritmo y evolución de cada persona. Desde la Terapia Breve Estratégica se suele trabajar con un número orientativo de 10 sesiones, que pueden ser más o menos en función de las necesidades y evolución de cada caso. Sobre el tiempo aproximado del proceso terapéutico se adaptará a las características y posibilidades de cada cliente; aunque habitualmente las sesiones suelen ser quincenales, espaciándolas más al final del tratamiento.
     Es muy importante destacar que cada terapia está diseñada específicamente para cada cliente, respetando las idiosincrasias de cada persona y sus valores y creencias. Sólo se ayudará a cambiar aquello que la persona quiere cambiar, respetando totalmente su demanda y sin crear nuevos problemas que solucionar.
     Nunca se obliga a nadie a hablar sobre temas que la persona no quiera tratar o a hacer algo que no quiere o que va en contra de sus principios. El terapeuta recomendará cual es la manera más adecuada para solucionar el problema que ha traído a la persona a consulta, y con el consentimiento del paciente se establecerá la tarea a realizar.
    En ocasiones me he encontrado con personas que sienten temor al contar algunas situaciones de su vida por miedo al sentirse juzgados. Como profesionales, estamos entrenados para no juzgar a las personas ni sus actos. Vemos a cada persona desde la objetividad y sabiendo que cuando una persona decide venir a terapia es porque está sufriendo.
     Para finalizar, una de las grandes dudas que suelen manifestarse en sesión es sobre la confidencialidad. La ética que legisla nuestra profesión nos impide dar datos a terceras personas sobre quién requiere de nuestros servicios. Por la naturaleza de nuestro trabajo estamos obligados a la discreción y la confidencialidad, por lo tanto, nuestros clientes están protegidos por las normas legales que regulan el secreto profesional.
     Espero que el haber desmitificado en este artículo algunas de las leyendas que corren acerca de nuestra profesión, te ayuden a decidir si quieres empezar un proceso terapéutico que te facilite el recobrar el bienestar. Si tienes alguna otra duda o estás decidido a pedir una cita no dudes en ponerte en  contacto conmigo, estaré encantada de responderte y ayudarte. 
También podéis leerla en su blog aquí.
Image courtesy of Dusky/FreeDigitalPhotos.net

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